20 de julio de 1810: un grito inconcluso.

 

Por  Jairo Torres Oviedo. Rector Universidad de Cordoba. Abogado. Lic. En Ciencias Sociales.

 

Celebramos los 210 años del grito de independencia el pasado 20 de julio. Acontecimiento histórico que surgió en un particular contexto histórico, social y político. Sin embargo, podríamos decir que las actuales condiciones sociales son similares a las de entonces. El país es el mismo, solo han cambiado la temporalidad y los protagonistas.

El grito de independencia fue y sigue siendo un clamor común por transformar una serie de realidades estructurales que heredamos desde la conquista y que no hemos superado aún como sociedad. Sensación de malestar que nos ha mantenido y nos mantiene en un conflicto continuo.

Se constituyó y constituye, asimismo, en una expresión de inconformismo acumulado en la sociedad colombiana que refleja un conflicto de clases en defensa de la construcción de un nuevo modelo de nación; sociedad representada, en la época, por los criollos, que eran hijos de españoles nacidos en América y los españoles quienes controlaban y ostentaban el poder monárquico dominante.

Los criollos, clase social en ascenso, con acceso privilegiado a la educación y al conocimiento. Muchos de ellos partícipes de las transformaciones sociales, políticas y económicas que se vivían en el viejo continente. Verbi gracia: el renacimiento, la ilustración, el humanismo, el enciclopedismo y luego la revolución inglesa, francesa y todo el pensamiento político y democrático que se gestó posteriormente; dando así, origen a la modernidad. Modernidad que, y su consecuente manifestación, se convierte en una fuerza que impulsa y jalona las mentalidades de una joven generación de criollos, quienes ven en este reciente pensamiento político y democrático una fuente de inspiración y transformación social.

El grito de independencia representa, sin duda, la independencia política que permitió separarnos del poder monárquico y autoritario representado por España; pero desafortunadamente, siguió y siguen pendientes: la emancipación como nación y como sujetos; la justicia social, la autonomía como país y el espíritu libre. Pese a la redacción del acta de independencia, a la conformación del Congreso, a la construcción de la Constitución y a la estructuración de una forma de gobierno federal, entramos en un conflicto partidista alrededor del modelo de nación que se debía construir. Conflicto que generó y genera violencia político-social.

Por desgracia, hemos mantenido una separación entre el país político y el país nacional: el primero, representado en su dirigencia, ha sostenido una visión centralista del gobierno, que margina y excluye; centrados y preocupados por ganar elecciones y mantenerse en el poder para continuar defendiendo sus privilegios y beneficios. El segundo, representado en el conjunto de la sociedad, ha sobrevivido a las múltiples penurias, tragedias e injusticias sociales.

El grito de independencia fue y sigue siendo un grito inconcluso. Necesitamos construir un proyecto de nación donde quepamos y podamos convivir todos, independiente de la condición social, política y racial.

El legado y el pensamiento de Antonio Nariño, José María Carbonell, Camilo Torres, José González Llorente, seguirá presente en la joven cultura política colombiana. Sus voces se erigen como fuerza inspiradora para las presentes generaciones y en un modelo de acción para construir un nuevo país con justicia social.

Colombia debe edificarse como una nación moderna y para ello, necesita un pensamiento político que escuche las voces y siga las enseñanzas de los hombres de ayer; para que los hombres de hoy comprendamos y construyamos el presente. Sólo así, podemos hacer realidad el grito de independencia, esto es, el grito colectivo, las vehementes voces de todos.